EL CUENTO DE LA DEPENDENCIA

 

Mi tío Roberto Sandoval tiene 76 años y vive en Madrid.  Su esposa, Margarita Gutiérrez, se encuentra incapacitada. Tras solicitar una plaza en la residencia pública, ha tenido que ingresar a Margarita en una residencia privada, en una localidad cercana a su domicilio, porque aquejado por sus dolencias no puede atenderla en casa.

Cada mañana toma un autobús y se dirige a la residencia.  Lava a Margarita, le da el desayuno.  La acompaña, le da la comida.  Se va a comer a un centro de día.  Le da la merienda, la cena y cuando se duerme, vuelve a casa.  Se escapa de vez en cuando a realizar sus gestiones o visitas a la familia.  No tiene sábados, domingos, ni día libres.  No sé como puede pagar la residencia con su pensión escueta, pero el hecho es que va pagando.

En una de esas escapadas solicitó la dependencia.  Cada cierto tiempo va a Espartinas, el lugar donde la  Comunidad de Madrid atiende estos temas para ver como va lo suyo.  Tras varios meses alguien, nunca sabe aclarar quién, le comunica que su esposa tiene tal grado de dependencia y que ya se pondrán en contacto con él.

Por eso va a Espartinas, a interesarse por su tema.  Vuelva usted mañana, o dentro de unos meses.  A lo mejor al año que viene porque éste ya se está acabando. 

Por fin alguien le llama.  Tienen una plaza en Cercedilla, una residencia en pleno Valle de la Fuenfría.  Mi tío pregunta cómo llegar allí.  Le informan que coja el tren de cercanías hasta Cercedilla y una vez allí lo mejor es coger un taxi.  Allí no hay un lugar para comer, pero el entorno es precioso.

Ya, ya, pero para mi tío no es una opción posible.  Entonces renuncia, escucha al otro lado del aparato.  Mi tío no renuncia, pide otras posibilidades más accesibles.  Entonces renuncia a la plaza en Cercedilla, insisten al otro lado.  No es que renuncie, es que yo allí no puedo…

Mi tío vuelve a Espartinas.  Y allí, vuelta a lo mismo, es que usted ha renunciado.  Vuelva mañana, o el mes que viene y mi tío vuelve, vuelve siempre.

Ahora ha recibido una carta que, más o menos, viene a decir que, puesto que telefónicamente  ha renunciado a una residencia pública, puede que le interese una ayuda a domicilio (unas cuantas horas a la semana), un centro de día, una ayuda económica para que atienda a mi tía en casa, una ayuda económica para pagar una parte del gasto de la residencia privada.

Aunque echa cuentas y la ayuda que le ofrecen no cubre ni un tercio del coste de la residencia, mi tío opta por esta “solución”.  Más vale poco que nada.

Ahora mi tío tendrá que esperar la resolución de su solicitud.  Volverá de nuevo a Espartinas unas cuantas veces.   Han pasado meses, años, y alguien terminará más tarde que pronto, comunicando algo.   En la cola de Espartinas mi tío habla con mucha gente.  Una mujer le dice que, a ella le han ofrecido una residencia pública … en Aranjuez.  Está en las mismas que mi tío.

La historia de mi tío da para un cuento, un cortometraje, una novela, un largometraje,  es el cuento de la dependencia.  La película que interpretan miles de madrileños viejecitos cada día, todos los días de sus cada vez menos años de vida.  Porque esto no es vida, ni será noticia,  porque de tan habitual, no es  ya ni noticia.

Esto no es un cuento, aunque los nombres, como los de los autores de este blog, son ficticios y cualquier parecido con la realidad es pura realidad.

Klaus Herzog.

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